Una historia que comenzó en 2022 y continúa creciendo con los niños, las familias y el territorio.
Una semilla en el corazón, cosechas con amor que dejan huellas
Una experiencia que comenzó en 2022 y continúa floreciendo en 2026
Dejar una huella que permanece
Cuidado del otro.
Cuidado del entorno.
2025: Dejando Huellas
2022
🌱 Mirar, descubrir y cuidar: juntos aprendemos que nuestras pequeñas acciones pueden dejar grandes huellas en el entorno.
Hay experiencias pedagógicas que nacen de una planeación y terminan con una actividad. Y hay otras que, poco a poco, se convierten en una manera de entender la escuela, de relacionarse con los niños, con las familias y con el territorio.
“Una semilla en el corazón, cosechas con amor que dejan huellas” pertenece a estas últimas.
Su historia no comienza en 2026. Sus primeras semillas fueron sembradas desde 2022, cuando surgió la inquietud de hacer de la escuela un espacio más saludable, acogedor y cercano a la naturaleza. Desde entonces, la experiencia ha recorrido diferentes sedes de la Institución Educativa Isaías Gamboa, acompañando los cambios de la maestra y adaptándose a cada nuevo contexto, pero conservando una misma intención: sembrar el compromiso con el cuidado de la vida y dejar una huella que permanezca.
Porque cambiar de sede no significó empezar de cero. En cada lugar hubo una oportunidad para volver a sembrar, transformar un espacio, involucrar a los niños, convocar a las familias y demostrar que la educación también puede comenzar con algo tan sencillo como una semilla.
A lo largo de estos años, los jardines, las plantas, las semillas y los espacios verdes se fueron convirtiendo en escenarios pedagógicos. Pero la verdadera transformación no estaba solamente en aquello que florecía en la tierra.
Estaba en los niños que aprendían a cuidar una planta, en quienes descubrían que una pequeña semilla necesita tiempo, agua, luz y protección; en las familias que acompañaban los procesos; en las conversaciones que surgían alrededor de una flor, un insecto o un pájaro; y en la posibilidad de comprender que cuidar aquello que nos rodea también es una forma de cuidarnos a nosotros mismos y a los demás.
Así comenzó a construirse una concepción del cuidado que fue mucho más allá de lo ambiental.
Cuidado de sí.
Tres dimensiones que, con el paso del tiempo, se fueron entrelazando en la práctica pedagógica.
La huella no pertenecía entonces a un jardín específico ni a una sede determinada. La huella viajaba con la experiencia, con los niños, con las familias y con la convicción de que cada escuela puede convertirse en un espacio saludable cuando quienes la habitan sienten que también les pertenece.
Mirar, descubrir y cuidar: juntos aprendemos que nuestras pequeñas acciones pueden dejar grandes huellas en el entorno.
🌿 Quedaron jardines y manos que aprendieron a sembrar
2024 | DEJANDO HUELLAS
Cuidar el entorno también es aprender a convivir.
A través del juego, el arte, la literatura y la exploración, los niños fortalecieron habilidades para compartir, colaborar, expresar y gestionar sus emociones y resolver conflictos. Junto a sus familias, comenzamos a construir una escuela más saludable, segura, inclusiva y cercana, donde cada niño pudiera sentirse parte.
💚 Una huella que quedó: una comunidad que aprendió que transformar la escuela también es transformarse juntos
canción proyecto.
En la Isaías Gamboa dejamos huellas bonitas
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Nuestras semillas representan el inicio de un sueño, pequeña pero llena
de posibilidades.
cuando se reciben cuidados podemos crecer felices y listos para convivir
con los demás.
Dejando Huellas
En 2025, esta trayectoria tomó una forma más definida con la experiencia “Dejando Huellas”, orientada a transformar participativamente el jardín escolar para favorecer la convivencia, el bienestar emocional y la construcción de ambientes de aprendizaje acogedores.
El jardín comenzó a ser entendido como algo más que un espacio exterior.
Se convirtió en un lugar para conversar, observar, jugar, crear, respirar, sentir, cuidar y aprender.
Las preguntas de los niños fueron ampliando el camino. ¿Qué necesita una planta para crecer? ¿Por qué vienen las abejas? ¿Qué animales encontramos en nuestro entorno? ¿Cómo podemos protegerlos? ¿Qué podemos hacer para que nuestra escuela sea más bonita y saludable?
Cada pregunta abría una nueva posibilidad de aprendizaje.
Y entonces surgió una comprensión fundamental: si una planta necesita cuidado para crecer, también los niños necesitan afecto, escucha, protección, respeto y acompañamiento para florecer.
Dejamos Huellas” no fue solamente sembrar una planta; fue sembrar aprendizajes, responsabilidades, vínculos y esperanza. Cada maceta llevó consigo una pequeña historia y cada planta se convirtió en una huella viva que continúa creciendo en la escuela y en los hogares de nuestros niños y niñas.
Sembrando Futuro
Esta revista es el reflejo de un camino compartido, donde cada experiencia, palabra y sonrisa dejó una huella en nuestra comunidad. “Sembrando Futuro” recoge las vivencias del proyecto “Floreciendo Juntos, Dejamos Huellas”, en el que nuestros niños y niñas, junto a sus familias, aprendieron que cuidar, crear, convivir, disfrutar y soñar también es una manera de florecer.
Como parte de este recorrido, construimos un collage de la biodiversidad, creado a partir de los dibujos realizados por los propios niños y niñas. En cada trazo representaron aquello que observaron, descubrieron y vivieron durante el proyecto: plantas, flores, semillas, abejas, mariposas, aves, naturaleza y otros seres que hacen parte de nuestro entorno.
Este collage se convierte en una memoria colectiva que reúne sus miradas, sus aprendizajes y las huellas que dejaron durante este año, demostrando que cuando los niños tienen la oportunidad de explorar, crear y expresarse, también construyen nuevas formas de relacionarse y cuidar el mundo que los rodea.
Cada dibujo cuenta una historia. Juntos, forman una imagen que nos recuerda que la biodiversidad también se aprende, se observa, se disfruta y se cuida desde la infancia.
“¿Las abejas pican?”
“¿Las abejas son moscas?”
2026: Una semilla en el corazón, cosechas con amor que dejan huellas
En 2026 la historia volvió a comenzar, pero esta vez la semilla ya traía consigo las huellas de todo lo vivido.
Al llegar a la sede Alejandro Cabal Pombo, los niños y las niñas encontraron un entorno lleno de posibilidades: plantas, árboles, flores, pequeños animales, sonidos, colores y espacios que invitaban a observar. Allí, aquello que para muchos podía parecer simplemente un jardín, para ellos comenzó a convertirse en un lugar lleno de preguntas.
Una semilla despertó una conversación.
Una planta generó curiosidad.
Una abeja provocó preguntas.
Un ave que visitó la escuela hizo que levantaran la mirada.
Y poco a poco, los niños comenzaron a descubrir que la escuela estaba llena de vida.
Fue entonces cuando el jardín dejó de ser solamente un espacio que había que cuidar y comenzó a convertirse en un laboratorio vivo, un lugar donde cada encuentro podía abrir una nueva posibilidad para aprender.
En articulación con Habuescuela Verde Cabal Pombo, los niños se acercaron al mundo de las abejas nativas, los polinizadores y las aves que habitan o visitan nuestro territorio. Aprendieron a observar sin intervenir, a preguntar antes de afirmar y a comprender que cada ser vivo cumple una función y necesita condiciones para vivir.
Frente a una abeja ya no estaba solamente la curiosidad por saber qué era.
Aparecía una pregunta más profunda:
¿Qué podemos hacer para protegerla?
Frente a una planta que comenzaba a crecer aparecía otra:
¿Qué necesita para vivir?
Y frente a esas preguntas surgía una relación inevitable con ellos mismos:
¿Qué necesitamos nosotros para crecer, sentirnos bien y estar seguros?
Así, casi sin darse cuenta, los niños comenzaron a descubrir que el cuidado no tenía una sola dirección.
Cuidar una planta era aprender a ser responsables.
Cuidar una abeja era reconocer el valor de otra vida.
Cuidar un ave era comprender que también compartimos el territorio con otros seres.
Cuidar a un compañero era aprender a escuchar, respetar y ayudar.
Y cuidarse a sí mismos significaba reconocer sus emociones, sus necesidades y aquello que les permite sentirse bien.
En medio de este proceso nació el Mini Vivero, un espacio pequeño en su tamaño, pero enorme en posibilidades pedagógicas. Allí las manos de los niños tocaron la tierra, sembraron, regaron, observaron y esperaron.
Porque también aprendieron algo que ninguna ficha de trabajo podía enseñarles de la misma manera:
crecer toma tiempo.
Cada brote se convirtió en una oportunidad para hablar de paciencia, responsabilidad y cuidado. Cada cambio fue observado con entusiasmo. Cada pequeña transformación fue motivo para volver a preguntar.
Y mientras las plantas crecían, también crecían sus preguntas.
Cuando las voces comenzaron a florecer
Pero en esta nueva etapa ocurrió algo diferente.
La experiencia ya no quería solamente ser observada por los adultos.
Quería ser contada por los niños.
Sus voces comenzaron a ocupar un lugar importante dentro del proyecto. Lo que pensaban, lo que descubrían, lo que imaginaban y lo que querían contar empezó a quedar registrado.
Algunos aprendizajes encontraron forma en un dibujo.
Otros aparecieron en una conversación.
Otros se transformaron en canciones, juegos, dramatizaciones o representaciones.
Y algunas voces llegaron al podcast, permitiendo que los niños se convirtieran en narradores de su propia experiencia.
Fue así como comprendimos que documentar no era simplemente guardar evidencias.
Era darle valor a la mirada infantil.
Un dibujo podía contar una investigación.
Una pregunta podía revelar una comprensión.
Una grabación podía convertirse en memoria.
Una fotografía podía narrar un proceso.
Una voz infantil podía enseñarle algo a otro.
Sembrando Futuro
De esta necesidad de contar lo vivido nació también la revista “Sembrando Futuro”.
En sus páginas comenzaron a encontrarse las huellas de este camino: fotografías, dibujos, experiencias, voces, producciones y relatos que permitieron mirar el proyecto desde la perspectiva de quienes lo estaban viviendo.
La revista se convirtió así en mucho más que una publicación.
Se convirtió en memoria de la escuela.
Una memoria construida desde la infancia.
Una memoria que permite decir: esto hicimos, esto descubrimos, esto sentimos y esto queremos seguir cuidando.
Y fue allí donde la experiencia comenzó a encontrarse con la idea de Uescuela: una escuela que no solamente enseña, sino que escucha; una escuela que aprende de su territorio; una escuela que reconoce a sus niños como protagonistas y que permite que sus voces circulen más allá del aula.
Una escuela que aprende con su territorio
En 2026 comprendimos con mayor claridad que el territorio también educa.
El árbol enseña.
La semilla enseña.
El ave enseña.
La abeja enseña.
La tierra enseña.
Pero también enseñan las preguntas de los niños, sus conversaciones, sus descubrimientos y la manera como comienzan a mirar aquello que antes quizás pasaba desapercibido.
Por eso, “Una semilla en el corazón, cosechas con amor que dejan huellas” se fue convirtiendo en una experiencia donde la escuela, la naturaleza, los niños, las familias y la comunidad comenzaron a encontrarse.
La familia también hizo parte de esta cosecha. Porque cuando un niño lleva a casa una experiencia, cuenta lo que descubrió, muestra un dibujo, habla de una abeja, comparte una planta o explica por qué debemos cuidar un ave, el aprendizaje deja de pertenecer únicamente a la escuela.
La semilla comienza a viajar.
Y quizás allí está una de las mayores transformaciones de esta experiencia: comprender que una escuela saludable no se construye solamente con jardines bonitos, sino con personas que desarrollan una relación diferente con los espacios que habitan.
La cosecha
Hoy, cuando miramos lo recorrido durante 2026, podemos reconocer que la cosecha no está solamente en las plantas que crecieron.
Está en las preguntas que nacieron.
En los niños que aprendieron a observar.
En quienes ahora reconocen que una abeja también merece cuidado.
En quienes levantan la mirada para descubrir un ave.
En quienes entienden que una planta necesita atención.
En quienes pueden expresar lo que sienten.
En quienes escuchan a sus compañeros.
En quienes utilizan el arte para contar lo que piensan.
En quienes encuentran su voz frente a un micrófono.
En las familias que se acercan y participan.
Y en una comunidad educativa que comienza a comprender que cuidar la vida es una responsabilidad compartida.
La semilla que se sembró en la tierra terminó sembrándose también en el corazón.
Y mientras el vivero sigue creciendo, mientras llegan nuevas aves, mientras las abejas continúan visitando las flores y mientras los niños siguen haciendo preguntas, la experiencia también continúa creciendo.
Porque esta historia todavía no termina.
Apenas estamos comenzando a cosechar lo que durante tantos años hemos venido sembrando.
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